Pasa de las once treinta de la noche y hay poca gente, el viento me lleva a un lado y me regreso con la inercia. Paso veloz junto a uno de los tubos, al otro lado del siguiente, esquivo un zapato y llego al siguiente vagón, sigo corriendo... ¡¡¡Alto!!! Se detiene el metro y voy de regreso con la gente que curiosa me veía ir y volver. Soy feliz saltando con piruetas el caucho articulado de las uniones del tren, zigzagueando entre los pasamanos y los pies de la gente. No tengo preocupaciones de tiempo o lugar en el que me encuentre, solo siento esa alegría que me provoca el simple vaivén... después de todo, es la única oportunidad de divertirse para una pelusa dejada atrás en un vagón de la línea 2...
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